Corriendo como dos niños jugando al pilla-pilla, intentando que no me cogiese pero a la vez muriéndome por acabar en sus brazos. Ahí estaban, rodeando mi cintura desde atrás, los acaricié mientras me giraba y gritaba algo intendible debido a la risa que me provocaba todo.
Fue cuando nos caímos al sofá en uno de mis intentos de escapar.
Su cara a unos centímetros de la mía, notaba como su pulso se aceleraba al ritmo del mío. En ese momento nuestros labios se encontraron, o mejor dicho, se reencontraron. No sé que me había llevado hasta ahí, si las cervezas que nos tomamos o el hecho de que un chico no me hiciese reír a carcajadas desde que él se fue la última vez.
Esa confianza de poder reírme como una psicópata y que aún así le gustase mi risa. De despeinarme como una loca y que el me quitase los mechones de la cara. Pero sobretodo de mirarle, saber que piensa, y sonreír, sonreír con complicidad.

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