Sabía que ninguno de los presentes, aunque ellos se hiciesen llamar amigos, se preocuparían por mí. Por lo que decidí apartarme e irme a un lugar tranquilo. Subí las escaleras a oscuras, palpando el gotelé de la pared, encontré una habitación vacía con un colchón en suelo.
Me sentía un tanto mareada por todo el alcohol que había tomado. Me tumbé mientras todo me daba vueltas.Oí una voz masculina:
-¿Qué haces aquí tú sola?
-Tú y tu costumbre de beber para olvidar... -Se tumbó a mi lado- Estás temblando...
Me conocía tan bien, con mirarme podía saber que pasaba por mi cabeza. Se levantó y me echó dos mantas por encima. Se colocó encima de ellas.
-Métete conmigo y abrázame por favor, estoy helada.
-No puedo hacer eso, ya sabes como acabaríamos...
Tuve que callarme sabía perfectamente lo que significaba eso, acariciarnos, besarnos e incluso mordernos durante toda la noche. No podía pasar, pero en realidad... Me moría de ganas de hacerlo.
Levanté la vista y ahí estaba mirándome preocupado. Eso es lo que más me gustaba de él, por mucho que llevásemos sin hablar, intentando distanciarnos el uno del otro, íbamos a estar juntos cuando lo necesitáramos. Cambiase lo que cambiase siempre iba a encontrar un motivo para volver a enamorarme de él.
Cerré los ojos un momento y cuando los abrí, él ya no estaba. Típico de él. Desaparecer y dejarme sola, con el corazón roto y un vacío interior.






.jpg)

