Aquel día parecía normal, me levanté de la cama sin ganas, me preparé, comí algo y salí a toda prisa a causa que llegaba tarde, como siempre. El frío me inundaba, no era un frío normal, se calaba dentro de mis huesos haciendo temblar mi pequeño cuerpo. Fue cuando el viento me susurró fuertemente que hoy no sería un buen día y por supuesto que no lo fue.
No os imagináis lo que puede cambiar todo en un día, que digo, en un segundo.
Vivimos pensando que todos los días van a ser iguales pasando por alto los pequeños detalles como que hoy haya ese plato especial para comer que sólo sabe hacer tu madre o como que alguien se dé cuenta de que hoy te has hecho otro peinado, o las cosas y personas que pensamos que siempre estarán ahí. Pero llega ese día en el que no pensamos jamás que llegará o simplemente no queremos verlo.
Un médico dando una mala noticia y tú tan tranquila en clase contemplando cómo las agujas de reloj pasan lentas ¿Irónico verdad? Para algunos el tiempo se hace lento y pesado pero para otros el mismo instante se pasa demasiado rápido intentando aprovecharlo.
Pasaban las horas, llegué a casa sonriendo, hubiese dicho eso de "Por fin en casa" pero en cuanto entré mis ánimos cayeron por los suelos, ojalá no hubiese llegado a casa, porque allí me esperaba una mala noticia.
La vi llorar, entonces supe que no había solución. La veía llorar y se me partía el corazón. Podía ver en sus ojos las lágrimas de impotencia. Casi como yo me sentía.
Si hubiese sabido lo que iba a pasar ese día no me habría levantado, se me habría quitado todo el hambre y habría ido lejos, muy lejos, sólo para que ella volviese a verla, a darle un abrazo, por última vez.